He publicado un artículo en El País: "Pidamos todo lo posible".

Albert Lladó ha reseñado La revolución divertida en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia: "Revolución y burguesía".

Jorge San Miguel ha escrito sobre La revolución divertida en Jotdown: "El sueño de la política adolescente".

En el número de agosto de Letras Libres preguntamos a los colaboradores de la revista cuáles eran, a su modo de ver, los diez libros fundamentales de nuestro tiempo. También los redactores respondimos a esa pregunta. Aquí están los míos. Aquí, el resto -y dos ensayos magníficos: uno de Manuel Arias, sobre el futuro del libro, y otro de Andreu Jaume, sobre el canon.

-Contra la corriente (1979) de Isaiah Berlin

Casi cualquier recopilación de ensayos y reseñas de Isaiah Berlin está, a mi modo de ver, entre los libros importantes e influyentes para la comprensión del mundo actual. Pero Contra la corriente contiene varios de sus mejores textos, entre ellos los que dedicó a Maquiavelo y a la contrailustración.

-La invención de la tradición (1983) de Eric Hobsbawm y Terence Ranger

No se trata ni mucho menos de la obra más ambiciosa de Hobsbawm –aquí es solo coeditor, además–, pero sí es muy útil para quienes nacimos en un rincón del mundo tendente a considerar tradiciones supuestamente antiquísimas como excusa para reivindicaciones políticas indiscutiblemente modernas.

-Ética para Amador (1991) de Fernando Savater

¿Para qué sirve un ser humano? ¿Pueden ser buenos por igual los religiosos y los ateos? ¿A qué nos obliga vivir en sociedad? Aunque no dispongamos de respuestas claras, los que tuvimos la suerte de leer este libro de jóvenes nos vimos obligados a hacernos las preguntas importantes.

-El fin de la historia y el último hombre (1992) de Francis Fukuyama

Aunque por razones que me cuesta entender se le ha considerado un libro imperialista y neoconservador, es una defensa de la democracia como el mejor sistema político que conocemos y una demostración de que, aunque sea con innumerables tropiezos, cada vez más países apuestan por ella.

-Imposturas intelectuales (1997) de Alan Sokal y Jean Bricmont

El primer objetivo de este libro era atacar el uso poco preciso de conceptos científicos por parte de filósofos, psicoanalistas y críticos literarios. Pero más allá de eso, fue una demolición general de la retórica y la vaguedad de una parte importante del pensamiento posestructuralista y posmoderno.

-Salidas de tono (1997) de Félix de Azúa

La mejor guía fragmentaria –se trata de una recopilación de artículos– de los casi primeros veinte años de democracia española. El auge y la caída del socialismo, la estatalización de la cultura, la persistencia de los nacionalismos, los tics reaccionarios de la derecha. En 1997 no podíamos saber que explicaría tan bien lo que nos pasa ahora.

-La guerra contra el cliché (2001) de Martin Amis

Escribir libros puede ser satisfactorio en muchos sentidos. Pero ¿escribir sobre libros? Es una tarea cansada, mal pagada y poco reconocida. Sin embargo, como explica Martin Amis, discutir sobre libros, exprimir sus significados, establecer sus parentescos, es una de las piedras fundacionales de la vida civilizada.

-Amor, pobreza y guerra (2004) de Christopher Hitchens

Para los que hemos tenido la suerte de no conocer lo segundo ni lo tercero, libros como este nos muestran, a través de una mirada dura y clemente, la parte más fea de la experiencia humana: la estupidez política, el fanatismo religioso, la carencia material. Aunque también, por suerte, el placer de los libros, la amistad y el alcohol.

-Postguerra (2005) de Tony Judt

Aunque es un libro sin grandes novedades ni descubrimientos históricos, es quizá la mejor narración de la epopeya europea posterior al horror de la Segunda Guerra Mundial: los inicios titubeantes de la unión, los años de crecimiento y redistribución, la pervivencia y muerte de dictaduras como la española y las comunistas. Y el éxito subsiguiente.

-Sábado (2005) de Ian McEwan

Para muchos jóvenes europeos, la invasión de Iraq en 2003 fue una especie de iniciación a la experiencia más traumática y espantosa de la política real: la guerra. Quizá ningún libro expresó mejor que este los traumas individuales, las disputas intergeneracionales y la reflexión sobre el mal que, incluso para los acomodados ciudadanos del primer mundo, supuso este conflicto.

He escrito en Letras Libres México sobre 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, de Ha-Joon Chang.

He escrito en Letras Libres sobre el nuevo (y póstumo) libro de Eric Hobsbawm, Un tiempo de rupturas. Aquí en PDF. Aquí en la web de la revista.

He escrito en el blog de El País Tormenta de ideas sobre tecnología y democracia: "Tocqueville está apagado o fuera de cobertura".

Babelia, el suplemento de El País, ha publicado un reportaje de Iván de la Nuez sobre libros relacionados con "La revolución y la revuelta" en España y Latinoamérica. Ha incluido La revolución divertida.

He escrito en el número de mayo de Letras Libres: "La paradoja de Margaret Thatcher".

Una anécdota de Isaiah Berlin

En 1944, Isaiah Berlin trabajaba en la embajada británica en Washington. Estando allí, recibió una llamada de sus superiores: debía volar a Londres cuanto antes. Sin embargo, no había billetes disponibles en las líneas comerciales, y al final no tuvo más remedio que viajar en un incómodo bombardero del ejército. La cabina no estaba presurizada y los pasajeros tenían que llevar una máscara de oxígeno, por lo que no podían hablar. Tampoco podían dormir, porque el ruido era infernal. Y viajaban a oscuras, por lo que no se podía leer. “Por lo tanto -contaba Berlin entre risas- uno se veía obligado a hacer las cosa más espantosa que se pueda imaginar: pensar”.

En esas largas horas a solas con sus ideas, Berlin se dio cuenta de que la filosofía tal como la había estudiado hasta entonces -antes de incorporarse temporalmente al servicio diplomático- no era útil. No servía para comprender los verdaderos problemas del presente. Fue una especie de epifanía. De modo que, cuando terminó la guerra, renunció a su fellowship como filósofo y pasó a describirse a sí mismo como “historiador de las ideas”. Todos sus colegas filósofos pensaron que se había vuelto loco, que pretendía dedicarse a algo que en realidad no existía como disciplina. Tantos años después sabemos quién acertó y quién nos ha ayudado más a comprender el mundo.

La anécdota la cuenta Mark Lilla en su bonito ensayo en la New York Review of Books de esta quincena, “Isaiah Berlin Against the Current”. Ciertamente, pensar es una lata, pero a veces sirve.